CARTA DE LOS OBISPOS DOMINICANOS, CON MOTIVO DE LA FIESTA DE NUTRA SEÑORA DE LA ALTAGRACIA 21 DE ENERO 2013

CONFERENCIA DEL EPISCOPADO DOMINICANOCarta Pastoral

MANTÉNGANSE FIRMES EN LA FE

(1Cor 16,13)

 El Maestro está ahí y te llama (Jn 11, 28)

I. Introducción

1. El 11 de octubre del 2012 se convirtió en un día memorable, porque ese día el Papa Benedicto XVI inauguró el Año de la fe, que había proclamado con la Carta Apostólica “Motu Proprio” Porta Fidei, y que concluirá con la fiesta solemne de Cristo Rey, el 24 de noviembre del 2013. El convocar un Año de la Fe, a propósito del 50 aniversario del inicio del Concilio Vaticano II y los 20 años de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica, es una hermosa oportunidad para hacer una gran movilización en todos los sectores de la Iglesia y de la sociedad, para que el amor de Cristo, que transforma, llegue a las familias y al corazón de muchos.

2. El comienzo de la Carta Apostólica del Papa Benedicto XVI es muy significativo y de una gran hondura espiritual: “«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida”[1]. El objetivo y la finalidad de este Año es muy claro: “rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida”[2]; o lo que es lo mismo darnos la oportunidad para que tengamos una auténtica y renovada conversión, no sólo personal sino también pastoral[3].

3. Es bueno precisar, desde el primer momento, que cuando el Papa nos habla de la fe, no se trata de la fe humana, mediante la cual creemos y confiamos en algunas personas, porque sabemos que no nos van a fallar, como es la fe y confianza que tienen los niños en sus padres; tampoco se trata de la confianza del científico que verifica los resultados de su investigación; o la fe religiosa por la cual muchas personas tienen diferentes creencias. La fe de la que nos habla el Papa es la fe cristiana, que no es creer idea o doctrina, sino aceptar y seguir a la persona de Jesucristo, que nos dice muy a menudo “crean en mí” (Jn 14, 1). Es la fe que está más cerca de una actitud de búsqueda que de una seguridad total. Es hacer nuestra la actitud de Abrahán que confió en la promesa de Dios[4]. Es la fe que nos pone en contacto y nos compromete con la vida familiar, social, política, económica, cultural y religiosa. Es un estar dispuesto a renunciar a todo y romper con la seguridad del dinero, del prestigio y del poder[5].

4. Es la fe como combate contra lo que oprime y esclaviza; la fe que nos da razones para seguir amando y sirviendo a los demás; es la que cambia nuestros criterios de pensamientos y de acción y nos hace criaturas nuevas; es el estilo de vida que nos ayuda a superar el individualismo y el consumismo, para introducirnos en la comunidad que se llama la Iglesia.

5. Este año de la fe es una buena oportunidad para que todos los cristianos y los hombres y mujeres de buena voluntad, nos detengamos, reflexionemos y miremos el rumbo de nuestra vida y el de la sociedad, con sus luces y sombras, para que hagamos “una auténtica y renovada conversión al Señor”[6]; de modo que podamos “confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza”[7] y así podamos movilizar la sociedad hacia nuevos valores de justicia, de convivencia fraterna y de desarrollo; y a la vez sacar a los hombres y mujeres del desierto y conducirlos a la fuente de la vida, y hacia la unión y amistad con el Hijo de Dios[8].

II. La Fe en el Antiguo Testamento

6. Para alcanzar ese propósito, tenemos que contar con la experiencia del pasado que encontramos en las Sagradas Escrituras, y que llamamos Revelación o modo de Dios Padre darse a conocer a sí mismo y dar a conocer su plan de salvación. Pensemos por ejemplo, en la experiencia de fe que encontramos en  Abrahán, para quien la fe es creer y esperar contra toda esperanza[9]; que significa, confiar y esperar lo humanamente imposible. Es saber que Dios es quien toma la iniciativa y por eso le propone un plan y le promete una descendencia que le cambiará su vida y su destino: sal de tu tierra y vete a la tierra que te voy a indicar[10], y más adelante le ordena: “«Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas.» Y le dijo: «Así será tu descendencia»” (Gn 15, 5).

7. Eso indica que Abrahán tiene que hacer una ruptura con sus planes y situación presente, vale decir, dejar su seguridad humana, su tierra, sus amigos y su entorno, y marcharse a lo desconocido y a la inseguridad. Abrahán responde con fe, basado en la fidelidad de Dios, que va más allá de la certeza humana. Dios le cumple la promesa y le da la descendencia que es su hijo Isaac, para luego pedirle algo inverosímil y contradictorio: sacrifícame a tu hijo[11]; y Abrahán obedeció a Dios y ahí encontramos el lado oscuro de la fe, es decir, el no ver ni entender claro lo que se nos pide; sin embargo, tener que decir como Pedro en la pesca milagrosa: “Maestro… pero, en tu palabra, echaré las redes” (Lc 5, 5).

8. De igual modo sucede con la persona de Moisés. Dios le protege y lo conduce hasta llegar a ser heredero del Faraón, donde tenía fama, bienes y prestigio. Es en esa situación de ventaja y de comodidad que Dios le llama: Moisés, Moisés, he visto la opresión de mi pueblo, he oído su llanto, por eso he bajado, libera a mi pueblo[12]. Moisés, viendo su limitación entabla un diálogo con Dios y comienza a ponerle dificultad: “¿Quién soy yo para ir a Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?” (Ex 3, 11); porque entiende que la misión es más grande que su fuerza; pero, no obstante eso, él siente la necesidad de solidarizarse con la situación de su pueblo, que en ese momento está sometido a maltrato.

9. Dios, que no se fija en nuestras limitaciones, encomienda de todos modos la tarea a Moisés, por eso extendió sus manos y sacó de la esclavitud a su pueblo, porque el Todopoderoso nunca le abandona[13]. El pueblo reconoce a Dios como el Santo que exige la fe, el amor y la fidelidad; y el creyente responde a Dios con la reverencia y la obediencia, con el culto, la confianza, el amor, la fidelidad y la esperanza.

10. En la literatura sapiencial la fe está ligada a la sabiduría que Dios nos comunica; y el hombre y la mujer son sabios, cuando abren su corazón a la voluntad de Dios[14]. Es la actitud de David que está plenamente convencido de haber vencido al gigante Goliat “en nombre de Yahveh Sebaot, Dios de los ejércitos de Israel” (1Sam 17, 45). Es la fe de los profetas quienes están convencidos que la fe es seguridad en Dios, que es fiel y leal[15]; y quienes le dicen al pueblo de Israel que su existencia como nación depende de su fe y si no creen no subsistirán[16]. Además, los profetas tienen el convencimiento de que la fe libera al hombre de todo temor[17]; da nuevas fuerzas a los cansados y abatidos[18]. Es un refugio para los sin esperanza[19]; es júbilo de liberación para todo el pueblo[20].

11. Cuando analizamos la fe del Antiguo Testamento, deberíamos tener presente que la Palabra de Dios contiene un mensaje para nosotros; de ahí que debemos entender que Abrahán, Moisés, David, y otros, están referidos a cada uno de nosotros, a quien el Señor, hoy, nos dice y nos invita “a salir de” para “entrar en”, es decir, salir de nuestro odio para entrar en el amor, salir de la esclavitud para entrar en la libertad, salir del pecado para entrar en la gracia, salir del individualismo para entrar en la generosidad. Igualmente, en estos momentos, podemos oír de nuevo la palabra del Dios Liberador que nos dice como a Moisés: liberen a mi pueblo; hoy como ayer la misión es tan fuerte que podemos poner pretexto como Moisés, y de nuevo el Señor nos dirá con San Pablo “mi gracia te basta” (2 Cor 12, 9).

III. La Fe en el Nuevo Testamento

12. En el Nuevo Testamento la fe está centrada en Jesucristo, fuera del cual no hay salvación[21]. Está muy claro que el objetivo de la fe en los Evangelios, es la instauración del Reino de Dios y sus valores, que exige conversión y creer la Buena Nueva[22]. Esa fe exige confesar a Jesús, que es un estar con Él[23]. Pero además exige fidelidad y confianza en el mensaje de Jesús[24], que a la vez supone que cada uno debe dar señales de esa fe a los demás (las obras) y que se captan por los sentidos.

13. La fe que nos proporcionan los Evangelios sinópticos (Mc, Mt y Lc) es el seguimiento a Jesús, quien es el Maestro y nosotros somos sus discípulos; el cual nos exige dejarlo todo[25]; amar más a Cristo que a la propia vida, es un tomar la cruz de cada día[26]; en fin, es llegar a una comunidad de vida y de destino con Él.

14. La carta a los Romanos afirma que la fe entra por los oídos[27]; de ahí la necesidad de la predicación que lleve a la conversión, a la obediencia, a la entrega, a la confianza y al amor. En San Pablo la fe es salvífica, que es un abrirse a Dios en la persona de Jesús. En la Carta a los Hebreos “la fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven” (Heb 11, 1). San Juan nos enseña que la fe es un acontecer; no una idea o doctrina. Acontecer en el encuentro con la salvación que es la luz y la vida. Es una comunidad de vida con el Señor.

15. La fe en el Nuevo Testamento la podemos resumir o sintetizar diciendo con san Pablo que: “han sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de ustedes, sino que es un don de Dios” (Ef 2, 8-9), que eleva al ser humano a participar de la vida de Dios y a poseer la vida eterna[28]. Por la fe, el hombre se somete libremente a los planes de Dios y a su amor salvífico. El modelo de esta actitud de fe lo encontramos en la Virgen María: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). La fe es inseparable de la esperanza, tiene una dimensión escatológica que trasciende el horizonte gozoso con Cristo glorioso[29].

IV. La Fe en la Teología

16. Es bueno destacar que la fe desde el punto de vista teológico es un don de Dios, un regalo de la Providencia Divina, que como todo don, hay que pedirla y cuando la aceptamos tenemos que convertirla en una fe virtuosa, es decir, debemos dar fruto de conversión, lo que equivale a decir: renovar nuestra mente y nuestro corazón, y convertirnos así en criaturas nuevas[30]. Según eso, la fe tiene tres movimientos: a) Es obra del Espíritu Santo (In Spiritu), b) Es una respuesta personal, libre y de obediencia a Cristo (Cum Christo), c) Es un peregrinar consciente hacia la casa del Padre (Ad Patrem). Aquí aparece la dimensión trinitaria de la fe: El Padre por medio del  Espíritu Santo es quien suscita y llama; el hombre y la mujer responden de un modo personal en Cristo y de ahí nos encaminamos al Padre.

17. Es bueno precisar el aspecto personal de la fe: nadie puede responder por otro, cada uno responde y vive su fe tal como es y según el carisma que el Señor le ha regalado, con su manera de ser, su historia personal, sus emociones y sentimientos; de ahí que decimos que la fe es un acto libre y personal mediante el cual respondemos a la llamada del Padre a través del Espíritu Santo. La respuesta que tiene que darse en la Iglesia. Hoy más que nunca crece la conciencia de la necesidad de hacer una experiencia de Jesús y a la vez formar las pequeñas comunidades, para que de ese modo vayamos viviendo una fe más comprometida con los hermanos y junto a ellos podamos enfrentar los problemas y desafíos que se nos puedan presentar.

18. Como vimos anteriormente, debemos vivir la fe en comunidad, en la Iglesia, porque ella es la  depositaria de la verdad “que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 7-9); ella es la luz del mundo, que debe resplandecer ante la gente[31]. Al vivir la fe en la Iglesia no debemos perder de vista sus cinco rasgos,  que son:

a. El primer rasgo es el sentido de promesa, que empieza con la llamada de Abrahán, al cual Dios le hace una triple promesa: a) Una tierra[32], b) Una descendencia[33] y c) una alianza[34]; a esas promesas Abrahán creyó y le fue reputado como justicia[35]. Esas promesas se cumplen con la venida de Jesús, quien es el descendiente mesiánico como Siervo Sufriente según el cántico de los pobres de Yavhé; y la promesa de la tierra es la presencia del Reino, que es la irrupción del poder liberador de Dios[36], y la alianza se cumple con la identidad del creyente en Jesús[37]; pero con Jesús se continúa ese sentido de promesa: me voy pero vuelvo de nuevo[38].

b. El segundo rasgo de la fe es la conciencia de gratitud, que se expresa en el poder salvador de Jesús para quien nada hay imposible; ya que Dios desde la pequeñez hace obras grandes, como fue el caso de Gedeón que con sólo trescientos hombres venció a los madianitas[39]; o bien, David que venció al gigante Goliat en el nombre de Yavhé[40]. En el Nuevo Testamento esa gratitud se expresa en el poder de trasladar montañas[41] y en la virginidad de María, “porque nada hay imposible para Dios” (Lc 1, 34-38).

c. El tercer rasgo es el carácter de aventura o de éxodo; que se expresa en salir de lo conocido a lo desconocido, o de la seguridad humana a la confianza en Dios (Abrahán y Moisés), o bien, la aventura de los primeros discípulos que inmediatamente lo dejaron todo y siguieron a Jesús[42].

d. El cuarto rasgo es el compromiso que implica la respuesta de fe que se expresa en la capacidad de amar al prójimo, perdonar y amar hasta a los enemigos[43], y hacer el bien y hacerlo más allá de las normas o de la ley.

e. El quinto rasgo es el dinamismo interpretativo de la fe, que debe capacitarnos para mirar todas las cosas con los ojos, y a la luz, de la misma fe.

V. La Fe y el compromiso

19. La fe es también un compromiso de servicio a nuestros hermanos. Esa fe tiene que iluminar las distintas dimensiones donde se mueve y se desarrolla el hombre y la mujer, vale decir, la dimensión social, política, económica, cultural y religiosa, para ayudarle a ser más.

20. La fe hay que vivirla en una sociedad y en una cultura concreta y eso le da su dimensión histórica, porque ésta debe iluminar y dar sentido a todo el quehacer del ser humano. La fe exige un combate permanente contra lo que oprime y aparta al hombre de su esencia y de su misión. Vivir la fe cristiana es asumir nuestro trabajo, nuestra manera de relacionarnos, lo que pensamos y todo lo que hacemos, iluminados por ese don que aceptamos.

21. La fe es una adhesión y seguimiento de Cristo, de Él tenemos que aprender. Él es el Maestro y nosotros somos sus discípulos. Esta es la mejor forma de vivir y entender la fe. Acerquémonos a la postura de Jesús en el momento en que tuvo que enfrentar la situación que crearon las élites sociales en ese tiempo, los cuales se creían mejores que los demás y se hacían llamar puros o santos, debido a que ellos controlaban el poder político, social, económico y religioso; con su actitud de arrogancia despreciaban a los demás, en especial, a los más pobres, a los analfabetos, leprosos, a los sin status, a los que ellos llamaban los impuros.

22. Frente a esa actitud de los grupos de poder, Jesús no se une a ninguno de ellos sino que se dirige a todo Israel; quiere que Israel cambie. Él se abre a la totalidad de los pueblos, al mundo, y con ese propósito elige a los Doce Apóstoles[44]. Se dirige a judíos y paganos, a los hombres y mujeres, a los libres y esclavos. Se acerca a los pobres, les ofrece su amor y les muestra la paternidad de Dios; pero también se acerca a los ricos y les enseña su  justicia; a todos los llama a ser hermanos y a amarse sin límites.

23. Jesús predica al Dios de Abrahán, Isaac y Jacob; se atiene a la Ley, respeta el Templo y reconoce a las autoridades judías. Se siente libre frente a todo eso y comienza a predicar algo nuevo que lleve al ser humano a la libertad interior. Lo nuevo es la misma persona de Jesús[45]. Lo que importa no es simplemente la Ley sino la persona; de ahí que sin rechazar a los ricos, da preferencia a los pobres, a los tullidos, a los leprosos y a los pecadores.

24. Desde el principio puso claro que la Ley tiene su importancia, pero lo decisivo es que la religión debe ir al interior y al corazón, y ponerse al servicio de los demás, sin que ésta nos lleve a colaborar con el poder injusto. Por eso, Él propone una manera nueva de vivir la  religión y para eso nos da un programa que son las Bienaventuranzas o maneras de ser felices o dichosos[46].

25. Nos propone vivir como única norma la Ley del Amor, incluso hasta a los enemigos; y que tengamos la actitud que lleva a la grandeza que es el servicio. Formó una comunidad donde nadie debe imponerse a nadie, sino formar una hermandad en la que el perdón debe ser la bandera a enarbolar, para que de esa manera comience a establecerse el Reino de Dios.

26. Lo más importante de todo es que en Jesús había coherencia entre lo que decía y lo que hacía; por eso dirige su mirada y su ayuda a los ciegos, tullidos, sordos, leprosos, hambrientos; a los pecadores, a las prostitutas, a los recaudadores de impuestos y a los usureros; a los agobiados y a las ovejas descarriadas de Israel.

27. Hoy tenemos las mismas samaritanas multiplicadas, que necesitan del agua que salta hasta la vida eterna; tenemos los mismos usureros y cobradores de impuestos como Zaqueo y Leví, que necesitan una mirada amorosa del Señor y una llamada sincera que les diga “sígueme”. También tenemos los mismos ciegos, sordos, leprosos y tullidos por miles, que necesitan la mano amiga del Señor y de sus discípulos que les ayude a ver, a oír, a curarse y a caminar. También hoy tenemos los mismos fariseos, hipócritas que sólo sirven para criticar, engañar y mentir; y esos necesitan la voz firme del Señor y de sus discípulos que les diga “sepulcros blanqueados”[47], “¡serpientes, raza de víboras!”[48], que sólo sirven para aparentar y simular, y no son capaces de prestar su ayuda y colaboración a los demás.

VI. La Fe y los Desafíos

28. Después de observar el modo de actuar de Jesús frente a las personas y a los acontecimientos, y siendo la fe cristiana un seguimiento a Él y a su mensaje, entonces surge preguntarnos casi de un modo espontáneo ¿Cómo vivir hoy nuestra fe en esta situación que ahora nos toca enfrentar?, ¿Qué o cuáles cosas debemos aprender del Maestro, para iluminar los desafíos que se nos presentan?, ¿Cómo hacer frente, desde la fe, al deterioro familiar, a la delincuencia, a la inseguridad, al narcotráfico, a la criminalidad galopante, a la corrupción pública y privada, al incremento de los juegos de azar y de las bebidas alcohólicas, a la mentalidad individualista, al afán de tener a como dé lugar, a la búsqueda del dinero fácil y al consumismo?

29. ¿A dónde fueron a parar los valores éticos y morales? ¿Qué significado tienen hoy la palabra dada, la paternidad y la maternidad responsable?, ¿Qué significa hoy la seriedad y el servicio, el respeto a los demás, el cumplimiento del deber, la tolerancia y la búsqueda del bien común?, ¿Cómo hacer frente desde la fe a los grandes desafíos que nos señala el Documento de Aparecida o el de la Nueva Evangelización, como lo es “el individualismo, responsable del relativismo ético y la crisis de la familia”[49]?

30. Sabemos que los desafíos, problemas y dificultades que hoy enfrentamos son muchos y variados y muy bien focalizados por los Obispos Latinoamericanos y del Caribe en la V Conferencia de Aparecida, Brasil, como consecuencia del “cambio de época”, cuyo impacto principal recae sobre la cultura y dentro de ésta en el ámbito familiar. Esos cambios culturales van produciendo actitudes y comportamientos que van desde el individualismo, que debilita los vínculos comunitarios, hasta la “dictadura del relativismo”[50], del que nos habla el Papa Benedicto XVI, que va llevando a muchos a una cultura de consumismo rampante como norma de vida; a un afán de dinero y de las cosas, sin importar el medio para lograrlo, lo que comporta un apegarse a la tierra y un postergar la dimensión sobrenatural; a una mentalidad hedonista y del mínimo esfuerzo, que debilita la búsqueda de ideales nobles y la fraternidad. Hay además, un pluralismo cultural, ideológico y de opiniones, que unido a la movilidad humana y a la mundialización, tiende a incrementar las injusticias, la  corrupción política y la inversión de valores. Igualmente el impacto que todo eso tiene en el ámbito familiar, con la consabida consecuencia de convertirse en caldo de cultivo para la delincuencia que lleva a la sociedad a un verdadero desequilibrio.

31. Estos desafíos se pueden abordar desde la sociología, la política y la economía en la búsqueda de soluciones, y nos parece bien, pero hay que ir más allá, tenemos que entrar en el corazón del ser humano y desde éste al corazón de la sociedad, porque es el corazón del hombre y de la mujer el que está enfermo. Está enfermo el corazón de muchos hombres y mujeres, porque estos han perdido el horizonte sobrenatural; se han apartado del Dios de la vida y por eso su corazón sufre atrofia y mutilación que les incapacita para ascender a esferas superiores o sobrenaturales; de ahí la necesidad urgente de acercarnos al ser humano para que recupere y adquiera ese don maravilloso de la fe, que le permitirá ser una criatura nueva, con mente y corazón renovados.

32. El Documento de Aparecida sintetiza todo eso diciéndonos que “el impacto dominante de los ídolos del poder, de la riqueza y del placer efímero, se han transformado y han ido imponiendo un estilo de ser y de vivir contrario a la naturaleza y a la dignidad del hombre por encima del valor de la persona”[51]. Nos decía el Beato Juan Pablo II que “los cristianos de América Latina tienen que revisar todos los ambientes y dimensiones de la vida, especialmente, todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común”[52]. El Papa Benedicto XVI afirma: “el orden justo de la sociedad y del Estado es la tarea principal de la política y no de la Iglesia; pero la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”[53].

VII. La Fe y la Actitud Espiritual

33. Para hacerle frente a esos desafíos que nos describen el Documento de Aparecida y la Nueva Evangelización, debemos acercarnos desde nuestra fe a la persona de Jesucristo, quien es el Evangelio viviente del Padre, para hacer una experiencia con Él y a la vez aprender de su modo de ser y de su actitud ante las personas y los acontecimientos; asimilar de Jesús esas actitudes que nos pueden ayudar a mantener de pie y perseverantes ante los grandes desafíos que tenemos que enfrentar.

34. Es oportuno señalar la situación en la que muchas personas, en nuestra sociedad, buscan su felicidad y su realización en el tener, en la competencia y el lucro; en el aparentar y en el prestigio social; en el consumismo, el disfrute y goce inmediato; y, en el poder desmedido. Frente a esto Jesús nos instruye con claridad meridiana, tal como lo hizo con los apóstoles diciéndonos: recuerden que los jefes les tiranizan y los grandes les oprimen, pero no será así entre ustedes, porque el que quiera ser grande que se haga el servidor de los demás[54].

35. Con eso nos dice dónde está la grandeza del ser humano, pero tenemos que destacar que Él no lo hace sólo con las palabras sino que su testimonio va primero. Recordemos el Jueves Santo cuando sorpresivamente toma un recipiente y comienza a lavar los pies a los apóstoles, y al final les dice: ¿entienden lo que estoy haciendo?, si ustedes me llaman el Maestro y el Señor y lo dicen bien, entonces ustedes que son discípulos hagan lo mismo con sus hermanos[55].

36. Una comunidad cristiana que celebra la Eucaristía, no debe anidar en su corazón ambición, deseo de poder y de dominación, ni mucho menos dejarse envolver en cuestión de prestigio y de espíritu de grandeza, que a veces sirve para humillar a sus hermanos, ya que Jesús formó una comunidad de hermanos donde lo decisivo no es el puesto o el título que se ostenta, sino la capacidad de servir a los demás[56].

37. Aprendamos de Jesús la actitud que nos enseña frente a las personas que necesitan cambiar su vida y su comportamiento negativo, como fueron los casos del usurero Zaqueo, a quien el Maestro lo mira con cariño y se hace invitar para ir a comer a su casa, hecho que motivará el cambio o conversión de Zaqueo: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré cuatro veces más» Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.» (Lc 19, 1-10).

38. Lo mismo hizo con Leví o Mateo recaudador de impuestos para el Imperio Romano, al que Jesús miró con cariño y bondad, no fijándose en lo que hacía sino en la nobleza de su corazón y le dice “Sígueme”, y éste inmediatamente dejó el mostrador de los impuestos y lo siguió[57]. A los que se apegan al dinero y a las cosas, como fue el caso del joven rico, les advierte: “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!” (Mc 10,17-22; Lc 18,18-26).

39. Debemos aprender desde nuestra fe el modo cómo Jesús perdona a la mujer adúltera[58]; a elogiar como lo hace ante el desprendimiento de la viuda[59]; o bien, del elogio que hace del acogimiento de Marta y la actitud contemplativa de María[60]. Es que Jesús sabe elogiar las cosas buenas, hermosas y positivas que tienen los demás, como fue lo que dijo de Juan el Bautista: el más grande de los nacidos de mujer[61].

40. Aprender además, el modo cómo acoge a los niños: “dejen que los niños vengan a mí” (Mc 10, 13-17). Enseñanza hermosa y profunda, la fiesta que hace el padre ante el retorno del Hijo Pródigo[62]; la compasión que siente por los enfermos, como el caso del ciego Bartimeo[63]; su tristeza y su llanto ante la tumba de su amigo Lázaro[64]; se conmueve, hasta con ternura. Ante la multitud hambrienta: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer» (Mc 8, 1-10). Le duele y le apena ver la indiferencia de su querida ciudad de Jerusalén[65]. Pero también es firme ante Pilato[66]; es libre ante el juicio ajeno[67] y sabe desenmascarar la hipocresía de los escribas y fariseos[68]. Pero también supo ir a la conciencia de aquellos que no quisieron comprometerse, como fue el caso de Pilato[69], o el caso de Herodes[70].

VIII. Líneas de Acción

41. La Iglesia con sus agentes de pastoral, tiene la responsabilidad de formar a los cristianos y sensibilizarlos sobre la justicia social, el bien común, el desarrollo integral, la economía solidaria, la ética cristiana, el gasto social, la dignidad humana y la cultura de la responsabilidad, que son elementos fundamentales de la fe cristiana. Eso significa insertarse en los grandes areópagos donde se hace la cultura, como es el mundo de las comunicaciones, el desarrollo y la promoción de la mujer; la ecología y la protección de la naturaleza; formando pensadores y evangelizando a los empresarios, a los políticos, a los comunicadores, a los hombres y mujeres del mundo del trabajo y a los líderes comunitarios[71].

42. Esto quiere decir que tenemos que adentrarnos en la formación de la relación entre la fe y la ciencia, la fe y la cultura y, la fe y la razón, recordando que esta última relación “son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”[72].

43. Para eso también nos dice Aparecida “¡necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos, para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de sentido, de verdad, de amor, de alegría y de esperanza!”[73].

44. Hacemos nuestras las palabras del Papa Benedicto XVI en la Inauguración de dicha Conferencia de Aparecida, cuando afirma que las fuerzas vivas de la Iglesia deben ser convocadas para el esfuerzo evangelizador de enviar a las casas de la periferia y del interior de las ciudades, a sus misioneros, para ayudar especialmente a los más pobres, como se hacía en las primeras comunidades cristianas, practicando la solidaridad, para que se sientan amadas de verdad. Hay que ir a la defensa de sus derechos y hacia su promoción  en el bien común, en la justicia y en la paz[74].

45. En este año de la fe, de cara a tanta violencia intrafamiliar, queremos exhortarles, desde lo más profundo de nuestro ser, a los hombres y mujeres de buena voluntad, acoger en sus corazones la Palabra de Dios, la cual nos invita a constituir familias sanas, llenas de amor, comprensión, respeto y perdón[75]. En este mes en el que celebramos la presencia de la Virgen María entre nosotros, queremos resaltar la figura de la mujer y exhortar a los hombres a valorar, apreciar y respetar a nuestras mujeres, las cuales son nuestras esposas, hijas, hermanas, madres, tías, primas, abuelas; nuestras mujeres que son trabajadoras, luchadoras, emprendedoras y comprometidas con los valores. Volvamos la mirada a Dios que nos regala la fe como un don, fe que nos empuja hacia la búsqueda y vivencia de actitudes que consolidan la convivencia familiar, dando solidez a la familia, base de la sociedad e iglesia doméstica.

46. Exhortamos también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y muy especialmente, a los fieles de nuestra Iglesia Católica a que aprovechemos este año de la fe para profundizar en el conocimiento de las verdades de nuestro credo, a rezarlo en familia, y a celebrar y proclamar nuestra fe en todo momento. El lema del año del Plan Nacional de Pastoral, el cual reza: “Con fe y fraternidad construimos la comunidad”, nos invita a edificar y desarrollar comunidades y familias fraternas y sólidas en la fe; vale decir, ancladas profundamente en Jesucristo y empapadas de la corriente de amor que brota de su gracia.

47. Con motivo del 50 aniversario del Concilio Vaticano II y los 20 años del Catecismo de la Iglesia Católica, establezcamos círculos de estudio en todas nuestras parroquias y comunidades para profundizar, muy especialmente, las cuatro Constituciones: Dei Verbum (Sobre la Divina Revelación)Lumen Gentium (Sobre la Iglesia)Sacrosanctum Concilium (Sobre la Sagrada Liturgia), y Gaudium et Spes (Sobre la Iglesia en el mundo actual). Leamos y estudiemos también nuestro Catecismo de la Iglesia Católica el cual es un compendio doctrinal de todas las verdades que creemos. Un católico bien instruido es un fiel que mantiene su identidad y es al mismo tiempo un ciudadano que valora sus derechos y pone en práctica sus deberes para con los demás.

IX. Conclusión

48. Que la Virgen María de la Altagracia, la fiel creyente, la primera evangelizada y la gran evangelizadora de nuestro pueblo, nos ayude a ser servidores como ella, quien con su espíritu virginal, fue la enteramente disponible para servir a Dios y a los demás; que ella desde su humildad, su espíritu fuerte manifestado en el Calvario; su profundidad espiritual que la llevó a hacer la voluntad de Dios en todas las cosas, nos inspire para que asumamos desde nuestra fe, el compromiso que implica decir sí a la llamada de Jesús, con conciencia clara de que es un don que nadie merece y que el Señor regala a quien quiere y donde quiere, motivado por su amor y su misericordia.

Santo Domingo 21 de enero del año 2013, fiesta de Nuestra Señora de la Altagracia.

Les bendicen:

NICOLAS

† Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez,

Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo,

Primado de América,

Presidente de la Conferencia del Episcopado Dominicano

RAMON DE LA ROSA

† Ramón Benito De La Rosa y Carpio,

Arzobispo Metropolitano de Santiago de los Caballeros

MONS. FLORES

 Juan Antonio Flores Santana,

Arzobispo Emérito de Santiago de los Caballeros

MAMERTO RIVAS

† Fabio Mamerto Rivas, S.D.B.,

Obispo Emérito de Barahona

Jesus Maria

† Jesús María De Jesús Moya,

Obispo Emérito de San Francisco de Macorís

Arnaiz

† Francisco José Arnáiz Zarandona, S.J.,

Obispo Auxiliar Emérito de Santo Domingo

Mons. Grullon

† José Dolores Grullón Estrella,

Obispo de San Juan de la Maguana

Antonio Camilo

† Antonio Camilo González,

Obispo de La Vega

Amancio Escapa

† Amancio Escapa Aparicio, O.C.D.,

Obispo Auxiliar de Santo Domingo

Cedano

† Pablo Cedano Cedano,

Obispo Auxiliar de Santo Domingo

Nicanor

† Gregorio Nicanor Peña Rodríguez,

Obispo de la Altagracia, Higüey

Mons. Ozoria

† Francisco Ozoria Acosta,

Obispo de San Pedro de Macorís

Mons. Breton

† Freddy Antonio de Jesús Bretón Martínez,

Obispo de Baní

Mons. Felipe

† Rafael Leonidas Felipe Núñez,

Obispo de Barahona

Diomedes Espinal

† Diómedes Espinal De León,

Obispo de Mao-Montecristi

JULIO-CESAR

† Julio César Corniel Amaro,

Obispo de Puerto Plata

plinio

† Valentín Reynoso Hidalgo, M.S.C.,

Obispo Auxiliar de Santiago de los Caballeros

Victor Masalles

† Víctor Emilio Masalles Pere,

Obispo Auxiliar de Santo Domingo

Fausto

† Fausto Ramón Mejía Vallejo,

Obispo de San Francisco de Macorís


[1] Benedicto XVI, Carta Apostólica en forma de “Motu Proprio” Porta Fidei, n. 1.

[2] Benedicto XVI, Homilía en la Misa de inicio de Pontificado (24 abril 2005): AAS 97 (2005), 710; Carta Apostólica en forma de “Motu Proprio” Porta Fidei, n. 2.

[3] Cf. Benedicto XVI, Carta Apostólica en forma de “Motu Proprio” Porta Fidei, n. 6.

[4] Cf. Gn 12, 1ss.

[5] Cf. Lc 9, 3.57-62.

[6] Benedicto XVI, Carta Apostólica en forma de “Motu Proprio” Porta Fidei, n. 6.

[7] Idem, n. 9.

[8] Cf. Idem, n. 2.

[9] Cf. Rom 4, 18.

[10] Cf. Gn 12, 1.

[11] Cf. Gn 22, 1-19.

[12] Cf. Ex 3, 4-10.

[13] Cf. Ex 14, 15-31.

[14] Cf. Prov 8, 32-36.

[15] Cf. Dt 7, 9.

[16] Cf. Is 7, 9.

[17] Cf. Is 43, 1.

[18] Cf. Is 40, 29.

[19] Cf. Is 49, 15.

[20] Cf. Is 44, 23.

[21] Cf. Ef 2, 4-10; Col 2, 9-13; Rm 5, 1-2.

[22] Cf. Mc 1, 15.

[23] Cf. Mc 3, 14.

[24] Cf. Jn 15,1-17.

[25] Cf. Mc 2,16-20; Mt 4,18-21; 10, 8-9; Lc 5, 1-22.26.

[26] Cf. Lc 14, 26-27.

[27] Cf. Rm 10, 14-18.

[28] Cf. Jn 3, 14-21.

[29] Cf. 1Cor 7-8.

[30] Cf. Ef. 2, 15; 4, 17-32.

[31] Cf. Mt 5, 14-16; Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n. 1.

[32] Cf. Gn 12, 1.

[33] Cf. Gn 15, 5.

[34] Cf. Gn 17, 7-8.

[35] Cf. Gn 15, 6.

[36] Cf. Mt 5, 4; Lc 6, 20.

[37] Cf. Jn 6, 56.

[38] Cf. Jn 14, 2-4.

[39] Cf. Jue 7.

[40] Cf. 1Sam 17, 40-54.

[41] Cf. Mc 11, 23; Mt 17, 20; Lc 17, 5-6.

[42] Cf. Mt 4, 20.

[43] Cf. Lc 6, 27-35.

[44] Cf. Mt 10, 1-4; Mc 3,13-19; Lc 6, 12-16.

[45] “Al traerse a sí mismo, trajo toda novedad” dice San Ireneo en su obra Adversus haereses, lib IV. 34, 1.

[46] Cf. Mt 5-7.

[47] Cf. Mt 23, 27.

[48] Cf. Mt 23, 33.

[49] CELAM, Documento de Aparecida, n. 479.

[50] Cf. Benedicto XVI, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, 1o Enero 2013, n. 2.

[51] CELAM, Documento de Aparecida, n. 387.

[52] Idem, n. 391.

[53] Benedicto XVI, Encíclica Deus Caritas est, n. 28.

[54] Cf. Mt 20, 25-28; Mc 10, 28-31; Lc 22, 24-28.

[55] Cf. Mc10, 41-45; Lc 22, 24-27; Jn 13, 1-17.

[56] Cf. Mt 20, 24-28.

[57] Cf. Mt 9, 9.

[58] Cf. Jn 8, 1-11.

[59] Cf. Mc 12, 41-44.

[60] Cf. Lc 10, 38-42.

[61] Cf. Mt 11, 7-14.

[62] Cf. Lc 15, 11-32.

[63] Cf. Mc 10, 46-52.

[64] Cf. Jn 11, 33-57.

[65] Cf. Lc 19, 41-44.

[66] Cf. Mc 15, 1-15.

[67] Cf. Jn 4, 1-45.

[68] Cf. Mt 23, 1-33.

[69] Cf. Lc 23, 1-13.

[70] Cf. Mc 8, 15; Lc 23, 8-12.

[71] CELAM, Documento de Aparecida, n. 491-492.

[72] Juan Pablo II, Encíclica Fides et Ratio, Introducción.

[73] CELAM, Documento de Aparecida, n. 548.

[74] Cf. Idem, n. 550.

[75] Cf. Ef 5, 1-33.

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